Los alumnos de Bachillerato han vivido una jornada de convivencias diferente: un día para detenerse, mirar a su alrededor y descubrir que cuidar la casa común también significa cuidar a las personas que la habitan.
La mañana de los alumnos de 1.º de Bachillerato comenzó en el colegio, en un ambiente sereno, con música, silencio y unas respiraciones pausadas. El objetivo era sencillo, aunque nada pequeño: preguntarse qué significa cuidar el mundo que compartimos y qué responsabilidad tiene cada uno en esa tarea.
A través de la dinámica «La casa común está en nuestras manos», los alumnos se movieron por distintos espacios para expresar qué les preocupaba, qué agradecían, qué les indignaba y qué podían cambiar. Porque, cuando se habla de medioambiente, no todo son datos y problemas: también hay agradecimiento, compromiso y decisiones concretas.
Después, organizados en pequeños grupos, elaboraron una particular cadena de la casa común:
Algo de la naturaleza que agradecemos.
Una herida que necesita ser cuidada.
Una acción concreta que podemos realizar esta semana.
Las respuestas quedaron recogidas en tarjetas y compromisos personales bajo el lema «Pequeños gestos, una casa común». Apagar una luz, reducir los envases de un solo uso, no desperdiciar agua o cuidar un espacio del colegio pueden parecer acciones pequeñas, pero muchas acciones pequeñas juntas forman algo grande. Al menos, eso esperamos; y si no, siempre podremos empezar por apagar la luz del aula.
La reflexión continuó fuera de la capilla con una recogida de basuraleza en una zona próxima. Los alumnos observaron, recogieron y clasificaron los residuos encontrados, tratando también de comprender qué hábitos hay detrás de la basura abandonada. Plásticos, latas, papeles, colillas y otros residuos se convirtieron así en una lección práctica sobre responsabilidad, cuidado y convivencia.
La jornada terminó con la Eucaristía y una comida de grupo, momentos para agradecer lo vivido, compartir y renovar el compromiso de cuidar tanto la creación como a las personas.
Los alumnos de 2.º de Bachillerato disfrutaron de una experiencia muy especial junto a los chicos de ASPACE, en el Centro Ocupacional de San Feliz.
Fue un día de encuentro, convivencia y aprendizaje mutuo. Más allá de las actividades concretas, lo verdaderamente importante fue compartir tiempo, conversación, sonrisas y momentos que dejan huella. Nuestros alumnos descubrieron que convivir también es escuchar, acompañar, participar y estar disponibles para los demás.
Como ellos mismos han expresado, ha sido «una experiencia de vida» en la que se han llevado mucho y, al mismo tiempo, han sido luz para quienes les acogieron.
Las dos experiencias, aunque diferentes, han tenido un mismo hilo conductor: aprender a mirar más allá de uno mismo. Los alumnos de 1.º lo hicieron cuidando un espacio común y reflexionando sobre sus hábitos; los de 2.º, compartiendo una jornada con personas que les enseñaron el valor de la cercanía y la inclusión.
Porque una convivencia no se mide solo por lo que se hace durante un día, sino por lo que permanece después: un compromiso, una mirada diferente, un gesto más atento o la certeza de que todos tenemos algo que aportar.
Gracias a todos los alumnos, profesores, familias y entidades colaboradoras que han hecho posible esta jornada. El mundo no cambia de golpe, pero sí puede empezar a cambiar con cada gesto.
Recuérdeme
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