Quién dice que los adolescentes han perdido el respeto por los profesores, no ha mirado bien lo que pasa en las aulas. Porque sí, todavía hay alumnos que saludan con una sonrisa, que escuchan con atención y que agradecen el esfuerzo de quien intenta enseñarles algo más que fórmulas o fechas.
No son mayoría ni minoría: simplemente son esos chicos y chicas que entienden que detrás del “profe” hay una persona que se preocupa, que corrige, que anima y, muchas veces, que aguanta días grises. Y cuando un alumno demuestra ese respeto —sin necesidad de grandes gestos, solo con detalles sinceros— está mostrando una madurez que va más allá de las notas.
Ver esa actitud en secundaria es una señal esperanzadora: significa que hay una generación que valora el esfuerzo, la empatía y la educación en el sentido más humano. Y, sinceramente, esos alumnos tienen por delante un gran futuro, no solo académico, sino como personas capaces de hacer del respeto una forma de convivencia.
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